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miércoles, 3 de noviembre de 2010

De la Patagonia a Nuquí – III y última parte.

Bitácora de viaje - Al final de la jornada.
Por: Juan Felipe Restrepo Mesa

“Solo el corazón puede ver bien, lo esencial es invisible a los ojos” Antoine de Saint-Exupery

A medida que el Guardacostas se aproximaba al muelle del apostadero naval una sensación agridulce me fue inundando el corazón.
De un lado la alegría de sabernos sanos y salvos y de otro la tristeza de haber defraudado la confianza de mi padre poniendo en riesgo la vida de otros y la mía propia.
Afronté con humildad y entereza las consecuencias de mis decisiones, viéndome despojado de todos mis privilegios por los siguientes seis meses.
Del muelle fuimos llevados al puesto de salud, en donde permanecimos por espacio de 48 horas; una vez declarados fuera de todo peligro abordamos el Twin Otter que nos trajo de vuelta a la ciudad de Medellín.
Hoy casi 30 años después recuerdo con afecto ese pasaje de mi vida, fue a partir de ese momento que comprendí a cabalidad el significado de las palabras autonomía y responsabilidad.
El sonido que produce el descenso del tren de aterrizaje me recordó que estábamos próximos a aterrizar en el aeropuerto José Celestino Mutis del municipio de Bahía Solano. Mis hermanos y yo habíamos decidido que después de fallecido nuestro padre no tendría sentido conservar la cabaña de la playa y me comisionaron para finiquitar la venta de la misma. En el aeropuerto me esperaba Abelito, casi no le reconozco, la madurez le había blanqueado el cabello que contrastaba con el color oscuro de su piel; nos abrazamos y pude sentir la tristeza y el dolor que le generaba todo este asunto del fallecimiento de mi padre y la venta de la cabaña.
Durante el día hicimos las diligencias pertinentes en el centro del pueblo y cuando ya caía la tarde tendimos unas hamacas en la terraza que da frente al mar, nos recostamos y nos dedicamos a evocar viejos recuerdos.
-¿sabe Manuel que a los pocos días de haberse ido Usted pa´ Medellín, una de las ballenas apareció muerta en la ensenada de Octavia?-
-Era una de las mayores, eso se sabe, porque cuando es así ellas no boyan, se van al fondo, dizque porque tienen poca grasa-.
-Pero eso no es todo Manuel, ese animal tenía un arpón clavado en la piel, como un callo, se ve que lo llevaba clavado desde hace mucho tiempo-.
Abelito se levantó de la hamaca, se fue a su cuarto y regresó con un extraño objeto en la mano y unas fotografías.
Efectivamente se veía el animal varado en la playa y algunos curiosos a su alrededor. Claramente se apreciaba el avanzado estado de descomposición y se distinguía el arpón colgando de una callosidad en uno de sus costados.
Abelito me extendió el arpón que observé con detenimiento; además de ser un pedazo de hierro oxidado noté que tenía un relieve. Con un poco de aceite y lija logramos limpiar lo que parecía una inscripción: “PQ”.
De regreso a Medellín, una idea me traía inquieto y distraído dándome vueltas en la cabeza: “sabe Manuel que mi abuelo Anastasio contaba que la ballena que lo había salvado de morir ahogado tenía un pedazo de arpón colgando de la piel, así como esta ¿no será de pronto el mismo animal?”.
Pasados unos meses fui invitado a Nueva Zelanda a dictar unas conferencias; estando en Aukland decidí visitar Whangarei, una población pesquera al norte del país donde unos amigos tienen una casita frente al mar. En un museo de la municipalidad estaba mirando unas fotografías muy antiguas cuando un objeto en una de las estanterías atrajo poderosamente mi atención. Era un arpón para la cacería de ballenas de finales del siglo diecinueve; me acerqué tanto como pude sin dar crédito a lo que estaba viendo, las iniciales “PQ” grabadas en uno de sus flancos. El arpón había pertenecido al ballenero Pequad, de ahí las iniciales PQ. Un barco que desapareció en las aguas del Pacífico Sur en un fatal encuentro con Moby Dick, la gran ballena blanca. Un solo marinero pudo salir ileso para contar al mundo la historia del obstinado Capitán Achab. Compartí con mis amigos la insólita coincidencia. Al día siguiente me llevaron donde un viejo amigo de la familia. Akapura, un hombre ya mayor, jefe maorí, descendiente de la tribu Ngapuhi, quien me refirió la siguiente historia.
“Hace muchos, muchos años, muchos más que las estrellas que forman la gran cruz en el cielo de mayo, humanos y ballenas vivían en una estrecha fraternidad. Espíritus virtuosos, nobles y valientes, tanto ballenas como humanos poseían la capacidad de comunicarse entre sí. Hombres y ballenas cuidaban unos de los otros tanto en las épocas de abundancia como en las épocas de escasez. Era tal el respeto que se tenía por estos animales que se erigían tótems en su honor, y cuando uno de estos animales aparecía muerto en la playa, se hacía un montículo en piedra y toda la tribu se congregaba a orar en su nombre.
No se sabe a ciencia cierta en qué momento unos hombres enfermos de odio y rencor, siendo presa de la codicia y la ambición comenzaron a matar a las ballenas para extraer su grasa y mantener vivas sus fogatas y chimeneas. Comieron su carne, arrancaron sus barbas y tallaron collares y prendas que vendían entre ellos. Armaron sus barcos con arpones, y emprendieron una guerra a muerte contra ellas.
Entre tanto en el mar las ballenas de distintas tribus se congregaron para analizar la situación. Estaban divididas en dos bandos, unas querían responder al humano ojo por ojo diente por diente, lideradas por la gran ballena blanca. El otro grupo proponía dialogar y pedir explicación a los humanos por las ofensas recibidas.
-El tiempo se agotó- dijo Moby Dick, -no vamos a permitir que los humanos nos sigan matando- -atacaremos y acabaremos con ellos de la misma forma como ellos están atacando y acabando con nosotros-.-De mi parte, ya no tengo nada más que decir y no quiero esperar a que uno más de nosotros caiga en las manos de esos miserables-.Fue a partir de ese instante que comenzó el período más triste en la historia de ballenas y humanos por las miles y miles de muertes que ocurrieron y la sangre que se derramó.
La guerra enferma el corazón de quien combate en ella y las ballenas no fueron la excepción; se volvieron salvajes, mezquinas y cínicas. Cuando lograban hacer naufragar un barco, disfrutaban viendo como los tiburones daban cuenta de su tripulación; agotaban los bancos de krill, pues solo les importaba tener fuerzas para guerrear; engañaban los barcos para que estos encallasen y naufragasen. Entre grupos de ballenas comenzó el pillaje y el saqueo; de la misma manera los capitanes de los barcos y sus tripulaciones disfrutaban viendo morir bajo sus afilados arpones a estos animales y no les importaba poner en peligro sus barcos y sus tripulaciones con tal de llenar sus bodegas de cebo, carne y barbas de ballena. Era tal la sevicia de estos balleneros que en ocasiones mataban más animales de los que cabían en sus bodegas, solo por el placer que les producía cazarlas.
Afortunadamente, no todas las ballenas ni todos los humanos pensaban de la misma manera.
Nacido en una familia muy noble, el pequeño Caspian demostró desde sus primeros aleteos que estaba predestinado para fines muy especiales. Era el orgullo de su padre. Ostentaba la marca de la familia en su aleta caudal. Era un extraordinario nadador y su capacidad de apnea superaba la de cualquier chico de su edad; era valiente y resuelto, respetuoso con los mayores y cuando su madre le hacía una señal con sus largas aletas pectorales Caspian obedecía de inmediato.
Esa temporada en particular había empezado un poco tarde debido a que las aguas del Pacífico Sur estaban muy frías; historias con los horrores de la guerra que libraban Moby Dick y su ejército contra las flotas de los balleneros hicieron que el temor se apoderara de la manada.
Una mañana amaneció el mar cubierto con una fuerte bruma. Caspian aleteaba con fuerza para no perder el paso de sus padres, a su lado su madre majestuosamente arqueaba su lomo mientras dejaba escapar una bocanada de vapor de agua por su espiráculo. Eran más o menos doce animales los que conformaban la manada. De pronto todo fue agitación, la turbulencia del agua, los palazos de los remos sobre la superficie, voces estridentes en un lenguaje desconocido, arpones que rompían las carnes o que surcaban el agua como proyectiles; el agua que segundos antes era de color verde y azul fue adquiriendo una tonalidad rojiza por la sangre de los caídos; tiburones blancos que aprovechándose de la situación se hacían a un pedazo de carne. Caspian sintió el ardor sobre uno de sus flancos, trato de deshacerse del arpón pero era imposible, miró a su lado y vio a su madre morir ahogada y desangrada por la herida mortal en unos de sus pulmones, su padre corría con la misma suerte; Caspian nadó y nadó con todas sus fuerzas hacia el fondo del océano, fue tal el esfuerzo que terminó perdiendo el sentido.
-Hola muchacho, me escuchas-. Caspian yacía varado inconsciente en los últimos cincuenta metros de mar donde la ola comienza a romper; poco a poco fue recobrando el sentido; se preguntaba cómo había llegado hasta ahí, sentía el ardor en un costado y la presión de su propio peso sobre los pulmones que casi le hace desmayar de nuevo. Aleteó con mucha fuerza, logrando retirarse hacia aguas un poco más profundas. ¿Quién eres?. Me llamo Aka.
¿Cómo llegué hasta aquí?, ¿a qué manada perteneces? ¿en dónde está el resto de mi manada?
Aka con tono pausado comenzó a responder a cada una de sus preguntas. “he vivido por mucho tiempo alejado de las manadas por qué no puedo ver, me he refugiado en los atolones alrededor de estas islas”. “Nadaste muy profundo y perdiste el sentido muy cerca de donde yo me encontraba”, “tuvimos suerte y logré sacarte hasta esta ensenada”. “amigo, de tu manada solo quedas tu.”
Caspian se puso furioso, aleteaba con fuerza, golpeaba el agua con su enorme aleta caudal, tomaba bocanadas de agua y las expulsaba por su espiráculo. Nadaba a toda velocidad y adrede se golpeaba contra las piedras mientras que Aka esperaba con toda paciencia a que el mar interior de Caspian se serenase; no era para menos, en un segundo había perdido todo cuanto era importante para él. Cuando Caspian se tranquilizó un poco, Aka nado a su lado y susurrándole al oído le dijo, “amigo, se por lo que estas atravesando, déjame decirte que tienes todo el derecho a sentir rabia y miedo”.
Durante las semanas y los meses que siguieron Caspian permanecía la mayor parte del tiempo solo. En las tardes cuando el sol comenzaba a caer se acercaba a Aka, buscando consejo y consuelo. Aka solo le repetía una cosa “date permiso de sentir y expresar lo que sientes”. Una de esas tardes Caspian no pudo más, se acercó a Aka y le dijo “no sé lo que me pasa, no lo comprendo bien, pero no quiero terminar convirtiéndome en un ser igual a aquellos que acabaron con la vida de mis padres, tampoco quiero ser como esas ballenas que matan, roban y hacen la guerra a los humanos”, “Aka ayúdame a curar mi corazón” y Aka le respondió, “Caspian, amigo mío, tu corazón ya ha empezado a sanar”.
A la mañana siguiente muy temprano Aka y Caspian salieron de pesca, era increíble como Aka a pesar de su ceguera ubicaba con precisión los bancos de Krill. Caspian hacía burbujas con el aire que dejaba escapar de su espiráculo formando una especie de red en las que quedaba atrapado el krill y pequeños peces. “Observa Caspian”, le decía Aka, “observa como todos los seres del universo somos un solo ser”, “todos estamos conectados entres si, estos diminutos seres que hoy nos sirven de alimento a su vez se alimentaron de pequeñas algas, nosotros mismos seremos alimento para otros, es la ley de la vida Caspian”, “la vida y la muerte son parte esenciales de la existencia”. De regreso a la ensenada les empujaba una fuerte corriente, Aka le dijo a Caspian, “¿sientes la corriente?”, “fúndete con ella y déjate llevar, así es la vida Caspian, no resistas a las fuerzas de la naturaleza, hazte uno solo con ella”.
Poco a poco Caspian fue recuperando su ánimo y sus fuerzas, y uno de esos días le dijo a Aka, “creo que estoy listo para emprender mi primer viaje hacia aguas más cálidas”, Aka inspiró una enorme bocanada y asintió. A la mañana siguiente partía con un grupo de seis Yubartas rumbo a Nuquí.
Caspian comenzó a ganarse el respeto de los demás miembros de la manada por su liderazgo, su entrega, su sacrificio; era el primero en ponerse al frente del grupo para romper la resistencia de las corrientes, se ofrecía a hacer turnos extras como gaviero de la manada. En su memoria retumbaban las palabras de Aka, “valentía es salvarte a ti mismo y así salvar a los demás miembros de tu manada”, por eso Caspian había elegido no compadecerse y salvarse de las garras del odio y de la venganza. A medida que se fueron acercando a las costas del Pacífico Chocoano, Caspian se fue trasformando en un ser de luz, de su interior fue emergiendo un sentido de paz, seguridad y serenidad que nunca más le abandonarían. Los demás miembros de la manada se contagiaron de ese equilibrio y lo seguían con alegría.
Caspian fue el primero en sentir el clamor de un grupo de humanos que navegaban en una embarcación cerca de donde estaba la manada, percibían el miedo, el dolor y la vergüenza de esas gentes bajo el yugo de hombres malvados que los trasportaban contra su voluntad. Caspian aguzó el oído para escuchar a un niño de tan solo doce años pero con el valor de levantarse y de exigirle respeto a aquellos hombres que querían hacerle daño a su familia. Atentos de todo cuanto allí acontecía las ballenas siguieron el curso de la embarcación. Después de la agitación, las detonaciones de armas de fuego, las llamas que devoraban el madermen del barco, Anastasio, el niño, cayó al mar. Caspian nadó hacia él y lo montó en su lomo, Anastasio se aferró a él con todas sus fuerzas, “date permiso de sentir y expresar lo que sientes” le susurraba Caspian. “-se por lo que estas atravesando, déjame decirte que tienes todo el derecho a sentir rabia y miedo”. Cuando Caspian se acerco a la costa, Anastasio señaló el arpón que pendía del costado de la ballena. “Me recuerda de donde vengo y hacia dónde voy” le contestó Caspian, “Puedo elegir quien quiero ser, puedo elegir si le permito al odio corroer mi alma, o si por el contrario, ayudo a mis hermanos”. “Lo mismo te digo Anastasio; espero que sepas tomar tus propias decisiones, pues de algo puedes estar seguro, eres un ser virtuoso y noble de corazón”.
La manada regresó a las aguas del Pacífico Sur. Aka y Caspian se encontraron y juntaron sus narices en señal de regocijo y sus corazones saltaron de alegría.
El tiempo fue pasando y el ejemplo de Caspian se fue extendiendo a la mayoría de las tribus de ballenas. La guerra entre humanos y ballenas había cesado, unos y otros descubrieron que eran muchos más los seres nobles de corazón.
Caspian había envejeciendo, sabía que este sería su último viaje al norte, podía elegir quedarse y tener una vejez tranquila, podía elegir dejar que Odíseo dirigiese la manad Alfa, pero en su interior sabía que grandes y nuevos peligros acechaban las aguas del Pacífico, así que decidió acompañarlos.
Cuando se acercó a despedirse, Aka sintió en su corazón que era la última vez que vería a su amigo, como efectivamente ocurrió. Cuando la manada pudo conseguir las costas de Nuquí después de haber perdido el rumbo y de ser guiados por ti Manuel, Caspian exhaló por última vez”.

Una de las nietas de Akapura entró corriendo, “Abuelo Aka, Abuelo Aka, ya estamos listos para el “kitipaki”.
Con lágrimas en los ojos Akapura me miró, tomó el pedazo de harpón en sus manos, se levantó de su sillón y se dirigió hacia la playa; entonando una sentida canción Maorí en honor a las ballenas, colocó el arpón sobre el montículo de piedras. Su mejor amigo había regresado y ahora podría descansar en paz.

FIN.

La cooperación internacional en la regulación de la pesca de ballenas comenzó a partir de 1931 y desde entonces existen un número de acuerdos multilaterales en tal sentido, siendo él de la Convención Internacional para la Regulación de la Pesca de Ballenas (ICRW) de 1946 es el más importante.

Los miembros del IWC votaron el 23 de julio 1982 para entrar en una moratoria en toda la pesca comercial de ballenas, que comenzaría a partir las estaciones de correspondientes a los años 1985-86. A pesar de lo anterior algunos países no se han acogido a estos tratados, otros como Japón se amparan en permisos de pesca con propósitos científicos. Noruega continúa buscando para fines comerciales Ballenas de Minke bajo regulaciones de IWC.

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