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lunes, 8 de noviembre de 2010


".....Sus dos hermanitos, menores que ella, jugaban a su lado sobre la barranca. Ambos estaban desnudos, uno de ellos sostenía con sus manos un cordel amarrado a un camioncito rojo de hojalata al que le faltan todas sus ruedas. El otro bañaba en el caño un pedazo de hilo nylon que Prudencio le había sujetado a una varita de Matarratón...."

Bahía Solano, Pacífico Chocoano
Diapositiva
Foto Juan Felipe Restrepo

Cabo Marzo, Departamento del Choco, Colombia
Foto por Juan Felipe Restrepo
Diapositiva

"...Cuando la puerta del avión se abrió sentí el aire cargado de humedad y pude ver la majestuosidad de la selva que empieza ahí mismo donde termina la arena de la playa..."
De la patagonia a Nuqui. II Parte
Cabo Marzo, Departamento del Choco. Foto Juan Felipe Restrepo, Diapositiva

El Niño en la Ventana




La Boquilla, cualquier mediodía de Abril. El sopor del medio día se ve interrumpido por el estropicio que produce ese amasijo de hierros carcomidos por el salitre. Entre la herrumbre y el oxido se logra advertir algo de lo que otrora fue pintura amarilla. Pongo mi albarca en el estribo, cuidando que de no cortarme la pantorrilla con un pedazo de latón, o de no meter la pata en el hueco a través del cual se ve la trilla del camino. Le entrego al conductor un billete de cinco mil pesos para pagar el pasaje, él a su vez me extiende una mano muy grande con un bulluco de billetes de vueltas. Son notorias las uñas gruesas y sucias y la piel del brazo cubierta por una mezcla de polvo, grasa y sudor. Le recibo los billetes y me dirijo hacia la única banca que queda vacía. Me siento de lado tratando de evitar chuzarme el culo con un pedazo de resorte que se asoma por entre la espuma y el cordobán roto. Pacientemente abro cada uno de los billetes organizándolos de tal forma que pueda ponerlos en mi billetera; el olor a podrido de los billetes y esa textura que más que papel parece tela mojada, me produce nauseas. Miro por la ventanilla tratando de respirar un poco de aire fresco, pero lo único que consigo es encandilarme con la resolana; siento mi piel quemarse y mi garganta reseca como estopa. A mi alrededor veo caras de gentes que parecen hipnotizadas, lucen idas, se arrellenan en sus asientos, más muertos que vivos. Una parada más y el grito del sparring “¡Cartagena, Cartagena!”; el conductor hace señas a un vendedor de bolis, saca la mano por la ventanilla, le extiende unas monedas y éste a su vez le pasa una bolsa de agua. De un mordisco le arranca una de sus esquinas y exprime el contenido contra su cara, el agua corre y se derrama, mezclándose con la tierra en las arrugas de su cuello. Las gotas se evaporan antes de caer al suelo. El conductor chancletiando el embrague, le indica al ayudante que ya estamos listos para partir. Viste camiseta de algodón color beige de la mugre, estampada con la foto de una barra de jabón de bola, rota y carcomida por la polilla, pantalones de mezclilla arremangados y calza unas sandalias de caucho de un color que ya no se sabes si es naranja, rosado o blanco. Mueve la palanca de velocidades con mucha fuerza, escuchándose un tronar de bujes, ejes, engranajes y tornillos que mas que chirriar, lloran suplicando que les aplique al menos una gota de aceite. El aparato convulsiona tres veces antes de ponerse en marcha y finalmente logra coger camino. Levanto nuevamente la mirada y lo único que alcanzo a ver son cuerpos obsesos y aceitosos que se entrelazan impidiendo aún el paso de la luz; barrigas de hombres y mujeres que se asoman y derraman por entre camisetas humedecidas por el sudor; en el ambiente un olor rancio, mezcla de gasoil y almizcle, que corta la respiración. Justo a mi lado, una mujer gordísima como un manatí, me aplasta sus enormes senos contra mis oídos y en lugar de parecerme algo erótico, solo consigue agudizar aún más esas ganas de trasbocar que tengo. Cuando por fin logro reponerme de los estartasos del arranque un punzón hirviente me taladra los oídos; el ruido infernal que emite un enchanclado equipo de música colgado de uno de los parales de la cabina del conductor, amarrado con gutapercha y pedazos de neumático. En la emisora se escucha una colección de sonidos estridentes que se repiten una y otra vez sin ninguna variación, una misma frase nasalizada todo el tiempo en algún dialecto que no logro descifrar, y pienso “-a todo le quieren llamar música-”. Me resultan tan repugnantes lo senos y la barriga de la señora que ahora se recuesta descaradamente sobre mi hombro, que prefiero cederle el puesto. “Seño, siéntese”, y la mujer se sienta, no me mira, ni me da las gracias. Pienso, “ojalá se chuce las nalgas con el pedazo de resorte por grosera y malagradecida”. Es en esa mezcla de cuerpos, música, grasa, sudor y alta temperatura donde la presión hace que la materia se expanda, cediendo el material por fatiga y exceso de uso. Es justo ahí cuando una pequeña grieta que se advertía en el piso, se convierte en un cráter que amenaza tragarse a todo el mundo; la gente se aprieta aún más evitando irse por ese gran roto y el chofer impertérrito continúa gritando “¡acomódensen, atrás, atrás, atrás cabe más gente!”; el sparring se abre paso entre la multitud de barrigas y tetas cobrando el pasaje de los recién embarcados, se apoya contra las bancas mientras cuenta la plata y da las vueltas, la gorda le da un billete de diez mil y él le dice que enseguida le trae la plata; ella lo mira con cara de pocos amigos. De pronto, una de las llantas cae bruscamente en un hoyo del camino, en un santiamén todo se hace polvo de un color café claro, lo último que veo antes de perder el conocimiento es un niño en la ventana apoyando su manos cubiertas totalmente de sangre. Al día siguiente, en la sección Sucesos del Universal, el titular señala “Buseta de la Boquilla con sobrecupo se incendia al partirse por la mitad; todos sus ocupantes mueren calcinados”.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

De la Patagonia a Nuquí – III y última parte.


Bitácora de viaje - Al final de la jornada.
Por: Juan Felipe Restrepo Mesa

“Solo el corazón puede ver bien, lo esencial es invisible a los ojos” Antoine de Saint-Exupery

A medida que el Guardacostas se aproximaba al muelle del apostadero naval una sensación agridulce me fue inundando el corazón.
De un lado la alegría de sabernos sanos y salvos y de otro la tristeza de haber defraudado la confianza de mi padre poniendo en riesgo la vida de otros y la mía propia.
Afronté con humildad y entereza las consecuencias de mis decisiones, viéndome despojado de todos mis privilegios por los siguientes seis meses.
Del muelle fuimos llevados al puesto de salud, en donde permanecimos por espacio de 48 horas; una vez declarados fuera de todo peligro abordamos el Twin Otter que nos trajo de vuelta a la ciudad de Medellín.
Hoy casi 30 años después recuerdo con afecto ese pasaje de mi vida, fue a partir de ese momento que comprendí a cabalidad el significado de las palabras autonomía y responsabilidad.
El sonido que produce el descenso del tren de aterrizaje me recordó que estábamos próximos a aterrizar en el aeropuerto José Celestino Mutis del municipio de Bahía Solano. Mis hermanos y yo habíamos decidido que después de fallecido nuestro padre no tendría sentido conservar la cabaña de la playa y me comisionaron para finiquitar la venta de la misma. En el aeropuerto me esperaba Abelito, casi no le reconozco, la madurez le había blanqueado el cabello que contrastaba con el color oscuro de su piel; nos abrazamos y pude sentir la tristeza y el dolor que le generaba todo este asunto del fallecimiento de mi padre y la venta de la cabaña.
Durante el día hicimos las diligencias pertinentes en el centro del pueblo y cuando ya caía la tarde tendimos unas hamacas en la terraza que da frente al mar, nos recostamos y nos dedicamos a evocar viejos recuerdos.
-¿sabe Manuel que a los pocos días de haberse ido Usted pa´ Medellín, una de las ballenas apareció muerta en la ensenada de Octavia?-
-Era una de las mayores, eso se sabe, porque cuando es así ellas no boyan, se van al fondo, dizque porque tienen poca grasa-.
-Pero eso no es todo Manuel, ese animal tenía un arpón clavado en la piel, como un callo, se ve que lo llevaba clavado desde hace mucho tiempo-.
Abelito se levantó de la hamaca, se fue a su cuarto y regresó con un extraño objeto en la mano y unas fotografías.
Efectivamente se veía el animal varado en la playa y algunos curiosos a su alrededor. Claramente se apreciaba el avanzado estado de descomposición y se distinguía el arpón colgando de una callosidad en uno de sus costados.
Abelito me extendió el arpón que observé con detenimiento; además de ser un pedazo de hierro oxidado noté que tenía un relieve. Con un poco de aceite y lija logramos limpiar lo que parecía una inscripción: “PQ”.
De regreso a Medellín, una idea me traía inquieto y distraído dándome vueltas en la cabeza: “sabe Manuel que mi abuelo Anastasio contaba que la ballena que lo había salvado de morir ahogado tenía un pedazo de arpón colgando de la piel, así como esta ¿no será de pronto el mismo animal?”.
Pasados unos meses fui invitado a Nueva Zelanda a dictar unas conferencias; estando en Aukland decidí visitar Whangarei, una población pesquera al norte del país donde unos amigos tienen una casita frente al mar. En un museo de la municipalidad estaba mirando unas fotografías muy antiguas cuando un objeto en una de las estanterías atrajo poderosamente mi atención. Era un arpón para la cacería de ballenas de finales del siglo diecinueve; me acerqué tanto como pude sin dar crédito a lo que estaba viendo, las iniciales “PQ” grabadas en uno de sus flancos. El arpón había pertenecido al ballenero Pequad, de ahí las iniciales PQ. Un barco que desapareció en las aguas del Pacífico Sur en un fatal encuentro con Moby Dick, la gran ballena blanca. Un solo marinero pudo salir ileso para contar al mundo la historia del obstinado Capitán Achab. Compartí con mis amigos la insólita coincidencia. Al día siguiente me llevaron donde un viejo amigo de la familia. Akapura, un hombre ya mayor, jefe maorí, descendiente de la tribu Ngapuhi, quien me refirió la siguiente historia.
“Hace muchos, muchos años, muchos más que las estrellas que forman la gran cruz en el cielo de mayo, humanos y ballenas vivían en una estrecha fraternidad. Espíritus virtuosos, nobles y valientes, tanto ballenas como humanos poseían la capacidad de comunicarse entre sí. Hombres y ballenas cuidaban unos de los otros tanto en las épocas de abundancia como en las épocas de escasez. Era tal el respeto que se tenía por estos animales que se erigían tótems en su honor, y cuando uno de estos animales aparecía muerto en la playa, se hacía un montículo en piedra y toda la tribu se congregaba a orar en su nombre.
No se sabe a ciencia cierta en qué momento unos hombres enfermos de odio y rencor, siendo presa de la codicia y la ambición comenzaron a matar a las ballenas para extraer su grasa y mantener vivas sus fogatas y chimeneas. Comieron su carne, arrancaron sus barbas y tallaron collares y prendas que vendían entre ellos. Armaron sus barcos con arpones, y emprendieron una guerra a muerte contra ellas.
Entre tanto en el mar las ballenas de distintas tribus se congregaron para analizar la situación. Estaban divididas en dos bandos, unas querían responder al humano ojo por ojo diente por diente, lideradas por la gran ballena blanca. El otro grupo proponía dialogar y pedir explicación a los humanos por las ofensas recibidas.
-El tiempo se agotó- dijo Moby Dick, -no vamos a permitir que los humanos nos sigan matando- -atacaremos y acabaremos con ellos de la misma forma como ellos están atacando y acabando con nosotros-.-De mi parte, ya no tengo nada más que decir y no quiero esperar a que uno más de nosotros caiga en las manos de esos miserables-.Fue a partir de ese instante que comenzó el período más triste en la historia de ballenas y humanos por las miles y miles de muertes que ocurrieron y la sangre que se derramó.
La guerra enferma el corazón de quien combate en ella y las ballenas no fueron la excepción; se volvieron salvajes, mezquinas y cínicas. Cuando lograban hacer naufragar un barco, disfrutaban viendo como los tiburones daban cuenta de su tripulación; agotaban los bancos de krill, pues solo les importaba tener fuerzas para guerrear; engañaban los barcos para que estos encallasen y naufragasen. Entre grupos de ballenas comenzó el pillaje y el saqueo; de la misma manera los capitanes de los barcos y sus tripulaciones disfrutaban viendo morir bajo sus afilados arpones a estos animales y no les importaba poner en peligro sus barcos y sus tripulaciones con tal de llenar sus bodegas de cebo, carne y barbas de ballena. Era tal la sevicia de estos balleneros que en ocasiones mataban más animales de los que cabían en sus bodegas, solo por el placer que les producía cazarlas.
Afortunadamente, no todas las ballenas ni todos los humanos pensaban de la misma manera.
Nacido en una familia muy noble, el pequeño Caspian demostró desde sus primeros aleteos que estaba predestinado para fines muy especiales. Era el orgullo de su padre. Ostentaba la marca de la familia en su aleta caudal. Era un extraordinario nadador y su capacidad de apnea superaba la de cualquier chico de su edad; era valiente y resuelto, respetuoso con los mayores y cuando su madre le hacía una señal con sus largas aletas pectorales Caspian obedecía de inmediato.
Esa temporada en particular había empezado un poco tarde debido a que las aguas del Pacífico Sur estaban muy frías; historias con los horrores de la guerra que libraban Moby Dick y su ejército contra las flotas de los balleneros hicieron que el temor se apoderara de la manada.
Una mañana amaneció el mar cubierto con una fuerte bruma. Caspian aleteaba con fuerza para no perder el paso de sus padres, a su lado su madre majestuosamente arqueaba su lomo mientras dejaba escapar una bocanada de vapor de agua por su espiráculo. Eran más o menos doce animales los que conformaban la manada. De pronto todo fue agitación, la turbulencia del agua, los palazos de los remos sobre la superficie, voces estridentes en un lenguaje desconocido, arpones que rompían las carnes o que surcaban el agua como proyectiles; el agua que segundos antes era de color verde y azul fue adquiriendo una tonalidad rojiza por la sangre de los caídos; tiburones blancos que aprovechándose de la situación se hacían a un pedazo de carne. Caspian sintió el ardor sobre uno de sus flancos, trato de deshacerse del arpón pero era imposible, miró a su lado y vio a su madre morir ahogada y desangrada por la herida mortal en unos de sus pulmones, su padre corría con la misma suerte; Caspian nadó y nadó con todas sus fuerzas hacia el fondo del océano, fue tal el esfuerzo que terminó perdiendo el sentido.
-Hola muchacho, me escuchas-. Caspian yacía varado inconsciente en los últimos cincuenta metros de mar donde la ola comienza a romper; poco a poco fue recobrando el sentido; se preguntaba cómo había llegado hasta ahí, sentía el ardor en un costado y la presión de su propio peso sobre los pulmones que casi le hace desmayar de nuevo. Aleteó con mucha fuerza, logrando retirarse hacia aguas un poco más profundas. ¿Quién eres?. Me llamo Aka.
¿Cómo llegué hasta aquí?, ¿a qué manada perteneces? ¿en dónde está el resto de mi manada?
Aka con tono pausado comenzó a responder a cada una de sus preguntas. “he vivido por mucho tiempo alejado de las manadas por qué no puedo ver, me he refugiado en los atolones alrededor de estas islas”. “Nadaste muy profundo y perdiste el sentido muy cerca de donde yo me encontraba”, “tuvimos suerte y logré sacarte hasta esta ensenada”. “amigo, de tu manada solo quedas tu.”
Caspian se puso furioso, aleteaba con fuerza, golpeaba el agua con su enorme aleta caudal, tomaba bocanadas de agua y las expulsaba por su espiráculo. Nadaba a toda velocidad y adrede se golpeaba contra las piedras mientras que Aka esperaba con toda paciencia a que el mar interior de Caspian se serenase; no era para menos, en un segundo había perdido todo cuanto era importante para él. Cuando Caspian se tranquilizó un poco, Aka nado a su lado y susurrándole al oído le dijo, “amigo, se por lo que estas atravesando, déjame decirte que tienes todo el derecho a sentir rabia y miedo”.
Durante las semanas y los meses que siguieron Caspian permanecía la mayor parte del tiempo solo. En las tardes cuando el sol comenzaba a caer se acercaba a Aka, buscando consejo y consuelo. Aka solo le repetía una cosa “date permiso de sentir y expresar lo que sientes”. Una de esas tardes Caspian no pudo más, se acercó a Aka y le dijo “no sé lo que me pasa, no lo comprendo bien, pero no quiero terminar convirtiéndome en un ser igual a aquellos que acabaron con la vida de mis padres, tampoco quiero ser como esas ballenas que matan, roban y hacen la guerra a los humanos”, “Aka ayúdame a curar mi corazón” y Aka le respondió, “Caspian, amigo mío, tu corazón ya ha empezado a sanar”.
A la mañana siguiente muy temprano Aka y Caspian salieron de pesca, era increíble como Aka a pesar de su ceguera ubicaba con precisión los bancos de Krill. Caspian hacía burbujas con el aire que dejaba escapar de su espiráculo formando una especie de red en las que quedaba atrapado el krill y pequeños peces. “Observa Caspian”, le decía Aka, “observa como todos los seres del universo somos un solo ser”, “todos estamos conectados entres si, estos diminutos seres que hoy nos sirven de alimento a su vez se alimentaron de pequeñas algas, nosotros mismos seremos alimento para otros, es la ley de la vida Caspian”, “la vida y la muerte son parte esenciales de la existencia”. De regreso a la ensenada les empujaba una fuerte corriente, Aka le dijo a Caspian, “¿sientes la corriente?”, “fúndete con ella y déjate llevar, así es la vida Caspian, no resistas a las fuerzas de la naturaleza, hazte uno solo con ella”.
Poco a poco Caspian fue recuperando su ánimo y sus fuerzas, y uno de esos días le dijo a Aka, “creo que estoy listo para emprender mi primer viaje hacia aguas más cálidas”, Aka inspiró una enorme bocanada y asintió. A la mañana siguiente partía con un grupo de seis Yubartas rumbo a Nuquí.
Caspian comenzó a ganarse el respeto de los demás miembros de la manada por su liderazgo, su entrega, su sacrificio; era el primero en ponerse al frente del grupo para romper la resistencia de las corrientes, se ofrecía a hacer turnos extras como gaviero de la manada. En su memoria retumbaban las palabras de Aka, “valentía es salvarte a ti mismo y así salvar a los demás miembros de tu manada”, por eso Caspian había elegido no compadecerse y salvarse de las garras del odio y de la venganza. A medida que se fueron acercando a las costas del Pacífico Chocoano, Caspian se fue trasformando en un ser de luz, de su interior fue emergiendo un sentido de paz, seguridad y serenidad que nunca más le abandonarían. Los demás miembros de la manada se contagiaron de ese equilibrio y lo seguían con alegría.
Caspian fue el primero en sentir el clamor de un grupo de humanos que navegaban en una embarcación cerca de donde estaba la manada, percibían el miedo, el dolor y la vergüenza de esas gentes bajo el yugo de hombres malvados que los trasportaban contra su voluntad. Caspian aguzó el oído para escuchar a un niño de tan solo doce años pero con el valor de levantarse y de exigirle respeto a aquellos hombres que querían hacerle daño a su familia. Atentos de todo cuanto allí acontecía las ballenas siguieron el curso de la embarcación. Después de la agitación, las detonaciones de armas de fuego, las llamas que devoraban el madermen del barco, Anastasio, el niño, cayó al mar. Caspian nadó hacia él y lo montó en su lomo, Anastasio se aferró a él con todas sus fuerzas, “date permiso de sentir y expresar lo que sientes” le susurraba Caspian. “-se por lo que estas atravesando, déjame decirte que tienes todo el derecho a sentir rabia y miedo”. Cuando Caspian se acerco a la costa, Anastasio señaló el arpón que pendía del costado de la ballena. “Me recuerda de donde vengo y hacia dónde voy” le contestó Caspian, “Puedo elegir quien quiero ser, puedo elegir si le permito al odio corroer mi alma, o si por el contrario, ayudo a mis hermanos”. “Lo mismo te digo Anastasio; espero que sepas tomar tus propias decisiones, pues de algo puedes estar seguro, eres un ser virtuoso y noble de corazón”.
La manada regresó a las aguas del Pacífico Sur. Aka y Caspian se encontraron y juntaron sus narices en señal de regocijo y sus corazones saltaron de alegría.
El tiempo fue pasando y el ejemplo de Caspian se fue extendiendo a la mayoría de las tribus de ballenas. La guerra entre humanos y ballenas había cesado, unos y otros descubrieron que eran muchos más los seres nobles de corazón.
Caspian había envejeciendo, sabía que este sería su último viaje al norte, podía elegir quedarse y tener una vejez tranquila, podía elegir dejar que Odíseo dirigiese la manad Alfa, pero en su interior sabía que grandes y nuevos peligros acechaban las aguas del Pacífico, así que decidió acompañarlos.
Cuando se acercó a despedirse, Aka sintió en su corazón que era la última vez que vería a su amigo, como efectivamente ocurrió. Cuando la manada pudo conseguir las costas de Nuquí después de haber perdido el rumbo y de ser guiados por ti Manuel, Caspian exhaló por última vez”.

Una de las nietas de Akapura entró corriendo, “Abuelo Aka, Abuelo Aka, ya estamos listos para el “kitipaki”.
Con lágrimas en los ojos Akapura me miró, tomó el pedazo de harpón en sus manos, se levantó de su sillón y se dirigió hacia la playa; entonando una sentida canción Maorí en honor a las ballenas, colocó el arpón sobre el montículo de piedras. Su mejor amigo había regresado y ahora podría descansar en paz.
FIN.

La cooperación internacional en la regulación de la pesca de ballenas comenzó a partir de 1931 y desde entonces existen un número de acuerdos multilaterales en tal sentido, siendo él de la Convención Internacional para la Regulación de la Pesca de Ballenas (ICRW) de 1946 es el más importante.

Los miembros del IWC votaron el 23 de julio 1982 para entrar en una moratoria en toda la pesca comercial de ballenas, que comenzaría a partir las estaciones de correspondientes a los años 1985-86. A pesar de lo anterior algunos países no se han acogido a estos tratados, otros como Japón se amparan en permisos de pesca con propósitos científicos. Noruega continúa buscando para fines comerciales Ballenas de Minke bajo regulaciones de IWC.

De la Patagonia a Nuquí – III y última parte.

Bitácora de viaje - Al final de la jornada.
Por: Juan Felipe Restrepo Mesa

“Solo el corazón puede ver bien, lo esencial es invisible a los ojos” Antoine de Saint-Exupery

A medida que el Guardacostas se aproximaba al muelle del apostadero naval una sensación agridulce me fue inundando el corazón.
De un lado la alegría de sabernos sanos y salvos y de otro la tristeza de haber defraudado la confianza de mi padre poniendo en riesgo la vida de otros y la mía propia.
Afronté con humildad y entereza las consecuencias de mis decisiones, viéndome despojado de todos mis privilegios por los siguientes seis meses.
Del muelle fuimos llevados al puesto de salud, en donde permanecimos por espacio de 48 horas; una vez declarados fuera de todo peligro abordamos el Twin Otter que nos trajo de vuelta a la ciudad de Medellín.
Hoy casi 30 años después recuerdo con afecto ese pasaje de mi vida, fue a partir de ese momento que comprendí a cabalidad el significado de las palabras autonomía y responsabilidad.
El sonido que produce el descenso del tren de aterrizaje me recordó que estábamos próximos a aterrizar en el aeropuerto José Celestino Mutis del municipio de Bahía Solano. Mis hermanos y yo habíamos decidido que después de fallecido nuestro padre no tendría sentido conservar la cabaña de la playa y me comisionaron para finiquitar la venta de la misma. En el aeropuerto me esperaba Abelito, casi no le reconozco, la madurez le había blanqueado el cabello que contrastaba con el color oscuro de su piel; nos abrazamos y pude sentir la tristeza y el dolor que le generaba todo este asunto del fallecimiento de mi padre y la venta de la cabaña.
Durante el día hicimos las diligencias pertinentes en el centro del pueblo y cuando ya caía la tarde tendimos unas hamacas en la terraza que da frente al mar, nos recostamos y nos dedicamos a evocar viejos recuerdos.
-¿sabe Manuel que a los pocos días de haberse ido Usted pa´ Medellín, una de las ballenas apareció muerta en la ensenada de Octavia?-
-Era una de las mayores, eso se sabe, porque cuando es así ellas no boyan, se van al fondo, dizque porque tienen poca grasa-.
-Pero eso no es todo Manuel, ese animal tenía un arpón clavado en la piel, como un callo, se ve que lo llevaba clavado desde hace mucho tiempo-.
Abelito se levantó de la hamaca, se fue a su cuarto y regresó con un extraño objeto en la mano y unas fotografías.
Efectivamente se veía el animal varado en la playa y algunos curiosos a su alrededor. Claramente se apreciaba el avanzado estado de descomposición y se distinguía el arpón colgando de una callosidad en uno de sus costados.
Abelito me extendió el arpón que observé con detenimiento; además de ser un pedazo de hierro oxidado noté que tenía un relieve. Con un poco de aceite y lija logramos limpiar lo que parecía una inscripción: “PQ”.
De regreso a Medellín, una idea me traía inquieto y distraído dándome vueltas en la cabeza: “sabe Manuel que mi abuelo Anastasio contaba que la ballena que lo había salvado de morir ahogado tenía un pedazo de arpón colgando de la piel, así como esta ¿no será de pronto el mismo animal?”.
Pasados unos meses fui invitado a Nueva Zelanda a dictar unas conferencias; estando en Aukland decidí visitar Whangarei, una población pesquera al norte del país donde unos amigos tienen una casita frente al mar. En un museo de la municipalidad estaba mirando unas fotografías muy antiguas cuando un objeto en una de las estanterías atrajo poderosamente mi atención. Era un arpón para la cacería de ballenas de finales del siglo diecinueve; me acerqué tanto como pude sin dar crédito a lo que estaba viendo, las iniciales “PQ” grabadas en uno de sus flancos. El arpón había pertenecido al ballenero Pequad, de ahí las iniciales PQ. Un barco que desapareció en las aguas del Pacífico Sur en un fatal encuentro con Moby Dick, la gran ballena blanca. Un solo marinero pudo salir ileso para contar al mundo la historia del obstinado Capitán Achab. Compartí con mis amigos la insólita coincidencia. Al día siguiente me llevaron donde un viejo amigo de la familia. Akapura, un hombre ya mayor, jefe maorí, descendiente de la tribu Ngapuhi, quien me refirió la siguiente historia.
“Hace muchos, muchos años, muchos más que las estrellas que forman la gran cruz en el cielo de mayo, humanos y ballenas vivían en una estrecha fraternidad. Espíritus virtuosos, nobles y valientes, tanto ballenas como humanos poseían la capacidad de comunicarse entre sí. Hombres y ballenas cuidaban unos de los otros tanto en las épocas de abundancia como en las épocas de escasez. Era tal el respeto que se tenía por estos animales que se erigían tótems en su honor, y cuando uno de estos animales aparecía muerto en la playa, se hacía un montículo en piedra y toda la tribu se congregaba a orar en su nombre.
No se sabe a ciencia cierta en qué momento unos hombres enfermos de odio y rencor, siendo presa de la codicia y la ambición comenzaron a matar a las ballenas para extraer su grasa y mantener vivas sus fogatas y chimeneas. Comieron su carne, arrancaron sus barbas y tallaron collares y prendas que vendían entre ellos. Armaron sus barcos con arpones, y emprendieron una guerra a muerte contra ellas.
Entre tanto en el mar las ballenas de distintas tribus se congregaron para analizar la situación. Estaban divididas en dos bandos, unas querían responder al humano ojo por ojo diente por diente, lideradas por la gran ballena blanca. El otro grupo proponía dialogar y pedir explicación a los humanos por las ofensas recibidas.
-El tiempo se agotó- dijo Moby Dick, -no vamos a permitir que los humanos nos sigan matando- -atacaremos y acabaremos con ellos de la misma forma como ellos están atacando y acabando con nosotros-.-De mi parte, ya no tengo nada más que decir y no quiero esperar a que uno más de nosotros caiga en las manos de esos miserables-.Fue a partir de ese instante que comenzó el período más triste en la historia de ballenas y humanos por las miles y miles de muertes que ocurrieron y la sangre que se derramó.
La guerra enferma el corazón de quien combate en ella y las ballenas no fueron la excepción; se volvieron salvajes, mezquinas y cínicas. Cuando lograban hacer naufragar un barco, disfrutaban viendo como los tiburones daban cuenta de su tripulación; agotaban los bancos de krill, pues solo les importaba tener fuerzas para guerrear; engañaban los barcos para que estos encallasen y naufragasen. Entre grupos de ballenas comenzó el pillaje y el saqueo; de la misma manera los capitanes de los barcos y sus tripulaciones disfrutaban viendo morir bajo sus afilados arpones a estos animales y no les importaba poner en peligro sus barcos y sus tripulaciones con tal de llenar sus bodegas de cebo, carne y barbas de ballena. Era tal la sevicia de estos balleneros que en ocasiones mataban más animales de los que cabían en sus bodegas, solo por el placer que les producía cazarlas.
Afortunadamente, no todas las ballenas ni todos los humanos pensaban de la misma manera.
Nacido en una familia muy noble, el pequeño Caspian demostró desde sus primeros aleteos que estaba predestinado para fines muy especiales. Era el orgullo de su padre. Ostentaba la marca de la familia en su aleta caudal. Era un extraordinario nadador y su capacidad de apnea superaba la de cualquier chico de su edad; era valiente y resuelto, respetuoso con los mayores y cuando su madre le hacía una señal con sus largas aletas pectorales Caspian obedecía de inmediato.
Esa temporada en particular había empezado un poco tarde debido a que las aguas del Pacífico Sur estaban muy frías; historias con los horrores de la guerra que libraban Moby Dick y su ejército contra las flotas de los balleneros hicieron que el temor se apoderara de la manada.
Una mañana amaneció el mar cubierto con una fuerte bruma. Caspian aleteaba con fuerza para no perder el paso de sus padres, a su lado su madre majestuosamente arqueaba su lomo mientras dejaba escapar una bocanada de vapor de agua por su espiráculo. Eran más o menos doce animales los que conformaban la manada. De pronto todo fue agitación, la turbulencia del agua, los palazos de los remos sobre la superficie, voces estridentes en un lenguaje desconocido, arpones que rompían las carnes o que surcaban el agua como proyectiles; el agua que segundos antes era de color verde y azul fue adquiriendo una tonalidad rojiza por la sangre de los caídos; tiburones blancos que aprovechándose de la situación se hacían a un pedazo de carne. Caspian sintió el ardor sobre uno de sus flancos, trato de deshacerse del arpón pero era imposible, miró a su lado y vio a su madre morir ahogada y desangrada por la herida mortal en unos de sus pulmones, su padre corría con la misma suerte; Caspian nadó y nadó con todas sus fuerzas hacia el fondo del océano, fue tal el esfuerzo que terminó perdiendo el sentido.
-Hola muchacho, me escuchas-. Caspian yacía varado inconsciente en los últimos cincuenta metros de mar donde la ola comienza a romper; poco a poco fue recobrando el sentido; se preguntaba cómo había llegado hasta ahí, sentía el ardor en un costado y la presión de su propio peso sobre los pulmones que casi le hace desmayar de nuevo. Aleteó con mucha fuerza, logrando retirarse hacia aguas un poco más profundas. ¿Quién eres?. Me llamo Aka.
¿Cómo llegué hasta aquí?, ¿a qué manada perteneces? ¿en dónde está el resto de mi manada?
Aka con tono pausado comenzó a responder a cada una de sus preguntas. “he vivido por mucho tiempo alejado de las manadas por qué no puedo ver, me he refugiado en los atolones alrededor de estas islas”. “Nadaste muy profundo y perdiste el sentido muy cerca de donde yo me encontraba”, “tuvimos suerte y logré sacarte hasta esta ensenada”. “amigo, de tu manada solo quedas tu.”
Caspian se puso furioso, aleteaba con fuerza, golpeaba el agua con su enorme aleta caudal, tomaba bocanadas de agua y las expulsaba por su espiráculo. Nadaba a toda velocidad y adrede se golpeaba contra las piedras mientras que Aka esperaba con toda paciencia a que el mar interior de Caspian se serenase; no era para menos, en un segundo había perdido todo cuanto era importante para él. Cuando Caspian se tranquilizó un poco, Aka nado a su lado y susurrándole al oído le dijo, “amigo, se por lo que estas atravesando, déjame decirte que tienes todo el derecho a sentir rabia y miedo”.
Durante las semanas y los meses que siguieron Caspian permanecía la mayor parte del tiempo solo. En las tardes cuando el sol comenzaba a caer se acercaba a Aka, buscando consejo y consuelo. Aka solo le repetía una cosa “date permiso de sentir y expresar lo que sientes”. Una de esas tardes Caspian no pudo más, se acercó a Aka y le dijo “no sé lo que me pasa, no lo comprendo bien, pero no quiero terminar convirtiéndome en un ser igual a aquellos que acabaron con la vida de mis padres, tampoco quiero ser como esas ballenas que matan, roban y hacen la guerra a los humanos”, “Aka ayúdame a curar mi corazón” y Aka le respondió, “Caspian, amigo mío, tu corazón ya ha empezado a sanar”.
A la mañana siguiente muy temprano Aka y Caspian salieron de pesca, era increíble como Aka a pesar de su ceguera ubicaba con precisión los bancos de Krill. Caspian hacía burbujas con el aire que dejaba escapar de su espiráculo formando una especie de red en las que quedaba atrapado el krill y pequeños peces. “Observa Caspian”, le decía Aka, “observa como todos los seres del universo somos un solo ser”, “todos estamos conectados entres si, estos diminutos seres que hoy nos sirven de alimento a su vez se alimentaron de pequeñas algas, nosotros mismos seremos alimento para otros, es la ley de la vida Caspian”, “la vida y la muerte son parte esenciales de la existencia”. De regreso a la ensenada les empujaba una fuerte corriente, Aka le dijo a Caspian, “¿sientes la corriente?”, “fúndete con ella y déjate llevar, así es la vida Caspian, no resistas a las fuerzas de la naturaleza, hazte uno solo con ella”.
Poco a poco Caspian fue recuperando su ánimo y sus fuerzas, y uno de esos días le dijo a Aka, “creo que estoy listo para emprender mi primer viaje hacia aguas más cálidas”, Aka inspiró una enorme bocanada y asintió. A la mañana siguiente partía con un grupo de seis Yubartas rumbo a Nuquí.
Caspian comenzó a ganarse el respeto de los demás miembros de la manada por su liderazgo, su entrega, su sacrificio; era el primero en ponerse al frente del grupo para romper la resistencia de las corrientes, se ofrecía a hacer turnos extras como gaviero de la manada. En su memoria retumbaban las palabras de Aka, “valentía es salvarte a ti mismo y así salvar a los demás miembros de tu manada”, por eso Caspian había elegido no compadecerse y salvarse de las garras del odio y de la venganza. A medida que se fueron acercando a las costas del Pacífico Chocoano, Caspian se fue trasformando en un ser de luz, de su interior fue emergiendo un sentido de paz, seguridad y serenidad que nunca más le abandonarían. Los demás miembros de la manada se contagiaron de ese equilibrio y lo seguían con alegría.
Caspian fue el primero en sentir el clamor de un grupo de humanos que navegaban en una embarcación cerca de donde estaba la manada, percibían el miedo, el dolor y la vergüenza de esas gentes bajo el yugo de hombres malvados que los trasportaban contra su voluntad. Caspian aguzó el oído para escuchar a un niño de tan solo doce años pero con el valor de levantarse y de exigirle respeto a aquellos hombres que querían hacerle daño a su familia. Atentos de todo cuanto allí acontecía las ballenas siguieron el curso de la embarcación. Después de la agitación, las detonaciones de armas de fuego, las llamas que devoraban el madermen del barco, Anastasio, el niño, cayó al mar. Caspian nadó hacia él y lo montó en su lomo, Anastasio se aferró a él con todas sus fuerzas, “date permiso de sentir y expresar lo que sientes” le susurraba Caspian. “-se por lo que estas atravesando, déjame decirte que tienes todo el derecho a sentir rabia y miedo”. Cuando Caspian se acerco a la costa, Anastasio señaló el arpón que pendía del costado de la ballena. “Me recuerda de donde vengo y hacia dónde voy” le contestó Caspian, “Puedo elegir quien quiero ser, puedo elegir si le permito al odio corroer mi alma, o si por el contrario, ayudo a mis hermanos”. “Lo mismo te digo Anastasio; espero que sepas tomar tus propias decisiones, pues de algo puedes estar seguro, eres un ser virtuoso y noble de corazón”.
La manada regresó a las aguas del Pacífico Sur. Aka y Caspian se encontraron y juntaron sus narices en señal de regocijo y sus corazones saltaron de alegría.
El tiempo fue pasando y el ejemplo de Caspian se fue extendiendo a la mayoría de las tribus de ballenas. La guerra entre humanos y ballenas había cesado, unos y otros descubrieron que eran muchos más los seres nobles de corazón.
Caspian había envejeciendo, sabía que este sería su último viaje al norte, podía elegir quedarse y tener una vejez tranquila, podía elegir dejar que Odíseo dirigiese la manad Alfa, pero en su interior sabía que grandes y nuevos peligros acechaban las aguas del Pacífico, así que decidió acompañarlos.
Cuando se acercó a despedirse, Aka sintió en su corazón que era la última vez que vería a su amigo, como efectivamente ocurrió. Cuando la manada pudo conseguir las costas de Nuquí después de haber perdido el rumbo y de ser guiados por ti Manuel, Caspian exhaló por última vez”.

Una de las nietas de Akapura entró corriendo, “Abuelo Aka, Abuelo Aka, ya estamos listos para el “kitipaki”.
Con lágrimas en los ojos Akapura me miró, tomó el pedazo de harpón en sus manos, se levantó de su sillón y se dirigió hacia la playa; entonando una sentida canción Maorí en honor a las ballenas, colocó el arpón sobre el montículo de piedras. Su mejor amigo había regresado y ahora podría descansar en paz.

FIN.

La cooperación internacional en la regulación de la pesca de ballenas comenzó a partir de 1931 y desde entonces existen un número de acuerdos multilaterales en tal sentido, siendo él de la Convención Internacional para la Regulación de la Pesca de Ballenas (ICRW) de 1946 es el más importante.

Los miembros del IWC votaron el 23 de julio 1982 para entrar en una moratoria en toda la pesca comercial de ballenas, que comenzaría a partir las estaciones de correspondientes a los años 1985-86. A pesar de lo anterior algunos países no se han acogido a estos tratados, otros como Japón se amparan en permisos de pesca con propósitos científicos. Noruega continúa buscando para fines comerciales Ballenas de Minke bajo regulaciones de IWC.

domingo, 24 de octubre de 2010

El Purgatorio - Cuento


Por: Juan Felipe Restrepo Mesa

-"Dos de queso por favor" fue lo último que alcancé a decir, antes de quedar sumido en la total oscuridad.

Mi nombre es Nibaldo Campanero, me dicen Baldano. Si me permite le cuento cómo es que llegué a este pozo oscuro en el que me encuentro y al que creo, llaman purgatorio.

Todo comenzó un sábado; había conocido yo a esa gente de la compañía de teatro Zarabanda ocho días atrás, tres muchachos y dos chicas que se encontraban recorriendo esta región del país buscando lo que ellos llamaban el 'sentido profundo de la vida'.

A mí se me ocurrió un negocio de bola a bola; el cura párroco de nuestra vereda se encontraba en plena organización de las fiestas patronales y yo le tendría el mejor espectáculo jamás antes visto en la historia de Los Molinos. A su vez, a mis amigos actores, que se encontraban mas pelados 'que cachete de trompetista' les vendría de maravilla un contrato del que yo, por supuesto, me reservaba una jugosa utilidad, cosa que ni el curita ni los actores tenían porque saber... todos tenemos derecho a ganarnos la vida, además por ser el de la idea.

Los cité en El Remanso, en la plaza de Los Molinos, a eso de las cinco de la tarde. La gente llegó puntual. Venían todos cinco en un taxi desvencijado con placas de la capital, conducido por Baudelino, joven, alto, trigueño, bien parecido, quien se presentaba como el ‘manager’ del grupo. Mi intención era darles cerveza hasta emborracharlos y luego hacerles firmar el mencionado contrato.

Tomamos y conversamos, resultándome esta gente unas canecas sin fondo que al cabo de cuatro horas de licor y música estridente me emborracharon y me dejaron sin un centavo y sin ningún contrato firmado, con lo cual me despedí y me dirigí con marcha cerebelosa a la pensión donde malvivía.

Tan pronto me retiré, Baudelino se levantó de la mesa y se dirigió a la rocola justo en un extremo del amplio local donde estaba Rosario, moviéndose juguetonamente al ritmo de la música. Una jovencita de unos diecisiete años, carita angelical y con esa belleza y frescura que da la juventud. Desde que nos habíamos sentado el joven Baudelino no le había quitado el ojo de encima a la muchacha y ésta a su vez le correspondía con sonrisas y coqueteos.

Desde el saludo y la presentación, el zorro de Baudelino pudo darse cuenta que Rosario era la clase de persona que se pasaba la vida añorando la llegada de un príncipe azul que la sacara de la vida que llevaba, en ese pueblo que como ella solía decir no pasaba nada.

Rosario soñaba con luces y colores, con canutillos y lentejuelas, con automóviles de lujo y el glamur de los actores de las telenovelas.

Baudelino, hábil encantador de serpientes, en menos de media hora tenía a Rosario embolatada entre nubes y fantasías, de ahí a acostarla en el asiento posterior del taxi sólo le resto un par de cervezas más.

Abelardo Rios observaba desde la rotonda del parque toda la escena, mordiendo un pedazo de su mochila, muriéndose de los celos y de rabia. Él, estudiante de sicología, era el mejor amigo de Rosario, además de ser su eterno enamorado era también su terapista de cabecera. Una sola vez se había atrevido a confesarle a Rosario sus sentimientos y ésta no hizo más que burlarse de él. De complexión robusta, con la huella de un acné juvenil, era un individuo tímido e inseguro; Rosario lo veía como el buenote de Abelardo, -tan solo amigos-, solía repetirle.

En la esquina opuesta a El Remanso, sentada en un murito justo en frente, observando todo cuanto acontecía esa noche estaba Cindy, una chica alta, esbelta, exhuberante, de unos veintiún años, con el cabello rubio y los ojos claros por efecto de esos lentes de contacto de colores, que le confería una apariencia felina; ex-estudiante de secretariado, dejó los estudios para dedicarse de lleno a la vida fácil; desde muy niña se acostumbró a hacer lo que fuese necesario para levantarse lo del diario; en el trasegar de su corta pero prolija vida se había hecho adicta al cigarrillo, al alcohol y a la cocaína. Adscrita a una red de prostitución que funciona a través de números celulares y que se les denomina ‘prepagos’, era muy cotizada en el medio por su apariencia juvenil y hermosa figura.

Tan pronto Baudelino y Rosario salieron de la parte posterior del taxi, y mientras ella aún se ajustaba la falda, él le hacía cruces con los dedos jurándole que al día siguiente en ese mismo lugar pasaría a recogerla a las siete de la mañana para llevársela a vivir a la capital. Prometiéndole que tan pronto llegaran, la presentaría con un director de televisión amigo suyo para un ‘casting’. Ella empinándose le dio un beso y salió corriendo para su casa a hacer su maleta. No pegó el ojo en toda la noche imaginándose en la capital, luciendo uno de esos trajes vaporosos de estos diseñadores de apellido raro, fumando glamorosamente y concediendo entrevistas en los noticieros de farándula.

Entre tanto, Cindy que veía que se le iba pasando la noche en blanco, decidió jugársela con el artista y manejador de compañías de teatro y como dicen por ahí, el diablo sabe a quién le sale...

Cuando Baudelino vio a ese monumento de mujer casi se desmaya, quiso volverse loco. Ella como una pantera lo rodeó, lo fue envolviendo con sagaces movimientos y lentos ademanes. Baudelino no soportó tal acecho, tal tentación y cayó redondito a los pies de Cindy. Primero, cigarrillito, luego cerveza de marca y michelada, -esta mujer es de clase-, pensaba, y le hizo descorchar una botella de Old Parr, finalmente, de la casa de los Mochuelos, le hizo comprar dos dedos de perico. Baudelino al cabo de tres horas había gastado todo el dinero que llevaba encima y el que no llevaba también; cuando sus amigos le vieron empeñar el taxi, decidieron irse y dejarlo solo.

En el taxi, que continuaba parqueado a un costado del local donde quedaba El Remanso, había quedado Lucy, una perrita gozque que Baudelino había amaestrado, enseñándole a bailar en dos paticas al son de las palmas y cuando éste le hacía con la mano como que le disparaba, ella se hacia la muerta, y cuando el acto terminaba, Baudelino le daba un gorrito que ésta sujetaba con sus dientes y en el que recogían las monedas que la gente generosamente les daban. Lucy se fue quedando profundamente dormida dentro del destartalado vehículo.

Abelardo al ver el estado de enajenamiento en que se encontraba Baudelino, decidió que temprano advertiría a Rosario lo que estaba sucediendo, evitándole de esa manera una honda decepción.

A Baudelino y a Cindy los vieron esa noche por última vez de camino a la playa, con tanto licor y droga entre pecho y espalda que parecían un par de marionetas de trapo, abrazados y sosteniéndose entre sí con suma dificultad.

Siendo como las seis de la mañana del domingo, Lucy se despertó al oír los buses y los pregones de los vendedores de frutas y pescado. Con total pericia haló con sus dientes el seguro de la portezuela, todos esos trucos y muchos más, como sacar billeteras de los bolsillos de las personas y tomar los bolsos de las señoras en las mesas de los restaurantes, se los había enseñado el buen Baudelino. De la misma manera giró la palanca y abrió la puerta, saliendo muy horonda a dar un paseo por los alrededores del taxi. Inmediatamente otros perros que deambulaban por el sector sintieron la presencia de una perrita en calor y comenzaron a ladrar y a correr tras ella, esta empezó a correr y los demás perros a seguirla.

Abelardo vio en su reloj las seis y cuarto de la mañana y saltó de la cama como un resorte, se calzó, se montó en su bicicleta y salió rumbo a la casa de Rosario.

Dobló la esquina y descendió a toda velocidad cuesta abajo por la calle principal de Los Molinos; a unos pocos metros de la tienda de Antonio el turco Báladi, una jauría de perros ladrando, corriendo tras una perrita blanca se atravesaron de improviso en su camino y no siendo capaz de maniobrar y eludir el obstáculo, salieron volando por los aires, Abelardo, Lucy y la bicicleta. La bicicleta quedó inservible, Abelardo se recupera de múltiples contusiones y heridas y de Lucy se desconoce su paradero.

Rosario llegó a la hora convenida, lucía un jean con estoperoles de colores y una blusita amarilla de algodón, se sentó en el murito con su maleta de color rosa a esperar a Baudelino. Siendo las ocho de la mañana y al ver que su príncipe no aparecía, se quitó las sandalias doradas que llevaba puestas, dejó su maleta en el murito y camino hacia la playa.

Dos cuerpos yacían sin vida tendidos en la arena, ahí donde muere la ola. Ella con un topsito raído por la violencia de las olas dejaba sus senos al descubierto, y él, desnudo, con su cuerpo amoratado, arañado e inflado; eran Baudelino y Cindy. Rosario se paró a mirar junto a las demás personas que se arremolinaron en torno a los occisos, a los que el mar empujaba caprichosamente.

Rosario se dio vuelta, se sacudió el cabello y caminó a lo largo de la costa. Tomó un palo como de un metro de largo y empezó a golpear con rabia todo cuanto encontraba a su paso. Las personas la observaban desconcertadas sin atinar qué hacer. Señales de tránsito, postes, canecas, puertas y ventanas, incluso algunos vehículos de turistas que ya empezaban a llegar, fueron blanco de los palazos de Rosario, que además parecía que había adquirido una fuerza inusitada.

Como a eso de la diez de la mañana me levanté, la resaca me estaba matando, no me aguantaba ni el hambre ni la sed. Metí la mano en los bolsillos de mi pantalón y nada. No tenía cinco centavos, entonces me acordé de mi desafortunado intento de hacerme promotor artístico. Recordé que entre las páginas de un librito que había sobre la mesa de noche había metido un billetico, no era gran cosa, pero al menos me alcanzaría para poner cualquier “liga” en la barriga.

Me puse la camisa, un jean y mis sandalias ‘tres puntadas’, salí a la calle y sentí cómo el sol me rasgaba los ojos. Enceguecido aún por la resolana y sudando copiosamente en el pecho y las axilas, caminé hacia la mesa de frito de la esquina.

Dos de queso por favor fue lo único que alcancé a decir antes de que Rosario Suescún me atestara un palazo en la cabeza habiéndome confundido con un poste de la luz.

No sé qué pasó después...fueron unos segundos, quizá minutos o tal vez horas... para el caso no importa, el asunto es que una vez volví en mí, me encontré en esta oscuridad, atrapado en este pozo, al que según creo, llaman el purgatorio.

FIN